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[Artículo de opinión publicado en Diario de Noticias, el 27 de diciembre de 2005]

A veces siento miedo del género humano. Una de esas veces fue el otro día, cuando leí en prensa la noticia de que tres jóvenes habían acabado con la vida de una indigente que pernoctaba en un cajero automático de la barcelonesa calle Guillermo Tell. María Rosario, se llamaba. Tenía cincuenta años. Y su error fue encontrarse en ese lugar, al refugio del frío que las últimas madrugadas helaba el aliento a cualquiera. Cinco grados de temperatura y tres corazones inertes, más que congelados, salían de fiesta.

El reloj marcaba la una y los sádicos verdugos entraron en acción. Golpes e insultos fueron los componentes de su peculiar carta de bienvenida. La mujer, maltrecha, logró cerrar la puerta por dentro, aprovechando que los chicos -dos de dieciocho años y un tercero de dieciséis- decidieron retirarse después de protagonizar el emocionante episodio. Pero la tortura de María Rosario, una “sintecho”, una persona al fin y al cabo, carente de hogar y de cariño, no había sino dado comienzo. Por lo visto existían mejores planes para esa noche.

No bastaba dejarlo en un “susto”. Conque tres horas después, culminaron el crimen empapando el ropaje de la víctima con disolvente químico altamente inflamable. El menor de edad del grupo llamó a la puerta del cajero, simulando que necesitaba utilizar el dispensador electrónico de dinero. Su “objetivo” estaba despistado y no reconoció al chaval como uno de los despiadados agresores. El resto, es fácilmente deducible. Los vecinos alertaron a los servicios de urgencia al ver las llamas humeantes. María Rosario murió seis horas más tarde a causa de los golpes y las graves quemaduras. Como único testigo, la filmación de seguridad que delataría a los cobardes homicidas.

No puedo siquiera abarcar, con mi humano entendimiento, qué clase de razones pueden conducir a alguien a cometer un acto tan cruel que cuesta creerlo; se me antoja irrisorio dar con la lógica que se esconde tras el cerebro de quien consuma semejante atrocidad. Desconozco de qué hay que estar hecho para quemar viva a una persona. Y el terror más gélido invade todo mi ser cuando leo la declaración del intendente de los Mossos d’Esquadra, quien, en una investigación inicial del caso, apunta a que los jóvenes cometieron el asesinato “quizá con el único ánimo de divertirse”.|

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Haciendo un repaso a la actualidad religiosa de las dos últimas décadas, parece que la de-Cristianización de Europa en nombre de la “tolerancia” está conduciendo rápidamente el espiritualmente perezoso continente europeo a los brazos del Islam. Y ahora, en medio de la confusión teológica posmoderna que define a la Europa contemporánea, también los clérigos católicos están cautivados por la atracción islámica.

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Tiny Muskens

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El más reciente espectáculo teológico del pos-Cristianismo vino a nosotros desde los Países Bajos (de la fama de Ayaan Hirsi Ali), hace un año, cuando el obispo católico de Breda, Martinus ‘Tiny’ Muskens, dijo que él querría que los cristianos comenzaran a llamar a Dios “Alá”, confiando en que tal gesto promovería el “acercamiento entre el cristianismo y el Islamismo. Apareciendo en la televisión holandesa, el clérigo de 71 años dijo: “Alá es una palabra muy hermosa para Dios. ¿Por qué no decimos que de ahora en adelante llamaremos a Dios Alá? … ¿Qué le importa a Dios cómo le llamemos?”

Hace más de treinta años, Muskens trabajó en Indonesia, donde Dios es llamado Alá, también en la Iglesia católica. Según el obispo, los holandeses deberían tratar las diferentes culturas, religiones y conductas de la misma manera espontánea como se hace en Indonesia. Muskens explica que durante ocho años, él rezó en Indonesia a Alá Yang Maha Kuasa, Dios omnipotente.

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Sin duda alguna, la propuesta de Muskens fue bien recibida en el mundo islámico en Holanda. Sobre todo después de las intolerables declaraciones del parlamentario holandés, Geert Wilders, quien afirmó por esas fechas que el Corán debería ser prohibido en Holanda o las del concejal ex musulmán Efshan Jami, que ha comparado en repetidas ocasiones al profeta Mahoma con Osama bin Laden. Hay que ser imbécil.

El obispo holandés Tiny Muskens aboga, por su parte, con bienintencionada inocencia porque en el futuro llamemos Alá a Dios. Muskens opina que Holanda debe seguir el ejemplo de Indonesia, donde en las Iglesias cristianas se reza a Alá.

No es la primera vez que dicho obispo salta a la vox populi. Hace dos años, Muskens ya propuso cambiar el segundo día de Pentecostés, día festivo en Holanda, por una fiesta islámica. En el año 2005, dijo que el Islam no tiene futuro, porque tiene demasiados aspectos violentos, suscitando la furia de numerosos musulmanes. El obispo es ya conocido por sus declaraciones llamativas. En una ocasión señaló que los pobres tienen derecho a robar pan si tienen hambre. También levantó la ira del Vaticano al abogar por el uso de preservativos para combatir el SIDA.

En el mundo árabe, Dios se llama Alá. Cierto es que durante su larga historia, el cristianismo desarrolló un rico vocabulario teológico cristiano, donde el término Dios era el equivalente a Alá. Por consiguiente, el término Alá es utilizado por fieles musulmanes y cristianos árabes en Oriente Medio, indiscriminadamente. Pero no desde luego en Europa.

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Y es que jugar al juego de la ideología para simular una solidaridad sin límites y pretender arreglar el mundo con buenas intenciones tiene consecuencias que luego alguien termina pagando. El mundo de Yupi, un mundo paralelo donde siempre es primavera, donde si algo va mal no necesitas arreglarlo, no es aplicable a la religión. Y peor para el que lo aplique.

Las mentes inquisitivas quieren saber: ¿Si el obispo realmente piensa que los nombres “Dios” y “Alá” son permutables, por qué él no pide que los musulmanes comiencen a llamar a Alá “Jehová”, el nombre bíblico para Dios? Evidentemente, esto resulta ser un despropósito. Pues una palabra, no es sólo una palabra, y menos si esa palabra engloba la totalidad trascendente de millones de personas.

De hecho, aunque el cristianismo, el judaísmo y el Islam son conocidas como religiones monoteístas, esto no implica que los cristianos, los judíos y los musulmanes recen al mismo dios. Para quienes crean, como yo, que las palabras todavía significan algo más allá de lo que a uno se le antoje, un repaso rápido a la arqueología, historia y teología – acompañado por una dosis de sentido común – puede contestar a la cuestión de si el Alá del Islam es realmente el Dios de la Biblia. Queda pendiente para otro artículo.

Por el momento, habrá que esperar, según el obispo holandés al menos cien años, para que, a la larga, el término de Alá se introducirá también en las iglesias holandesas. Concluyo con una cita del propio Muskens: “Dios está por encima de este tipo de discusiones, que han sido inventadas por la humanidad para tener algo por lo que enfrentarse.”

Pues lo dicho, Dios (o Alá) te oiga.

 

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El físico y conocido divulgador científico Julian Barbour (foto), ha escrito dos interesantes libros: The Discovery of Dynamics, que se adentra en los más grandes descubrimientos de Newton y un segundo, End of Time, en el que transmite una inquietante idea: el tiempo no existe, es una ilusión.  A través del ejemplo del tiempo fluyendo como un río, establece como alternativa a las corrientes actuales la perspectiva del tiempo como un presente continuo, sin pasado ni futuro.  Simplemente, constantes presentes.
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El controvertido físico se ha hecho famoso por sus declaraciones al respecto. Ha publicado artículos en prestigiosas revistas científicas y ha sembrado una polémica de connotaciones físicas, astrofísicas y filosóficas.  

Según Barbour, la abolición del concepto del tiempo, y del tiempo mismo, es la única salida posible para unificar la teoría general de la relatividad y la mecánica cuántica, que daría la solución a uno de los grandes retos científicos actuales.

“El tiempo no existe”. Hay que reconocer que la afirmación es tentadora y provocativa. La misma negación con arreglo a la existencia del tiempo tiene posibles interpretaciones y no es desde luego una cuestión novedosa.

Nos remontamos a problemas ya planteados por los griegos, cuyos casos más conocidos son las denominadas paradojas de Zenón de Elea, planteadas en función de la forma de comprender los límites matemáticos del conocimiento que se puede obtener del universo.

Mi punto de vista crítico parte de la idea de que el tiempo existe y es tangiblemente relativo a la existencia del espacio, es decir, el tiempo es el límite definido entre intervalos espaciales. Por ejemplo, imaginemos el método que se utilizaba para representar imágenes en movimiento antes del nacimiento de técnicas más avanzadas para hacerlo: mostrar una misma imagen ligeramente modificada a cierta velocidad. La velocidad de actualización de nuestros ojos al enviar datos a nuestro cerebro tiene una tasa de transferencia menor que la actualización de los mismos en el soporte (ya sea de papel, electrónico o de cualquier otro tipo), de manera que tenemos la ilusión de que se mueve, bi o tridimensionalmente.

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Si trasladamos esta situación a la ecuación de la onda de Schrodinger para el caso más simple (partícula en una caja/pozo de potencial medido), obtenemos una partícula unidimensional, un punto matemático (idealmente existen, y físicamente se podría comparar con cierto tipo de quarks límite) que se desplaza entre dos puntos de forma que entre los dos límites, p ej.: 0 y “a”, su potencial es igual a 0 y la probabilidad (el cuadrado de la función) es diferente de 0. Diríamos así que todo el intervalo, sin incluir los extremos, es 1, por lo que en un subintervalo será diferente de 0 y su función de onda también. Como conclusión: esa función de onda no es nula.

En ese intervalo (0 -”a”) se produce un movimiento constante de la partícula. Si no definiéramos el tiempo como variable,  ¿como sabríamos en que “instante” (aunque la nomenclatura sea relativa al tiempo entendámosla según la ausencia o negación de la existencia del mismo) se encuentra? Sería su posición relativa la que nos facilitaría esa información, por lo que el tiempo no es más que una forma de clarificar la comprensión del espacio.

Este aspecto, muy probablemente, viene definido por las implicaciones biológicas de la necesidad del tiempo para el desarrollo y comprensión del entorno desde los organismos primitivos, cuyo ciclo biológico los limita a cierto tipo de comprensión temporal simple basada en los procesos celulares, hasta organismos pluricelulares más evolucionados que tienen mayor comprensión del entorno, y capacidad de actuar sobre él.

Es decir, negar la existencia del tiempo de forma categórica es absurdo. Negarla parcialmente para realizar la unificación es factible ya que simplifica el proceso. En todo caso, según los teóricos del Big-Bang, la ausencia del tiempo se ha dado únicamente en un instante en la historia del universo, a saber, antes de producirse la Gran explosión, cuando la condensación de la materia y todo lo definible se encontraba en un mismo espacio. Un mismo espacio definido a su vez en función de una esfera de volumen cuya densidad explica que la expansión del universo desde aquel momento es el origen de las diferentes fuerzas fundamentales y el origen del entorno temporal.

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Con anterioridad a ese estado, desconocemos si se daban o no estas circunstancias. Como dijo Stephen Hawking, “preguntar que había antes del Big Bang, es lo mismo que preguntar que hay al norte del polo norte”. Negar la existencia del tiempo (comprendido como la sucesión de procesos) es en suma negar la existencia del espacio, definir un tiempo continuo y no modificable o lo que es lo mismo, cambiar la forma de comprender el tiempo en lugar de como nos sugiere nuestra biología.


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Mi estancia por un par de semanas en París me ha separado del blog, de la redacción de artículos y la respuesta a vuestros comentarios, lectores y lectoras. Sin embargo, en un mundo global como es el nuestro, no puede obviarse una noticia de tal magnitud como la acontecida el 4 de mayo de 2008 en la antigua Birmania (llamada ahora Myanmar). Yo la seguí a través de la prensa y televisión francesas. Desde la ciudad de la luz fui testigo angustiado por la impotencia y el dolor. Será sobre lo primero que escriba al llegar a España, pensé.

Y así lo hago, a renglón seguido, saludando antes de nuevo a cuantos me seguís, amigos y conocidos, almas anónimas, cómplices y disidentes, a través de este sitio.

Más allá de toda veleidad colectiva o individual, de falsos desmanes políticos y pretensiones de normalidad, el desastre político y humano que sufre la población birmana afectada por el ciclón ‘Nargis’ es de inimaginable alcance. Las montañas de cadáveres dejan negras y pestilentes columnas de humo, que se elevan cada veinte o treinta metros cerca del delta del río Irrawady, junto a los viejos arrozales, mientras decenas de miles de personas vagan sin rumbo, sin hogar y sin familia, entre la desesperante muchedumbre malherida.

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Cruda realidad y poca información la que nos llega, con cuentagotas, filtrada por las escasas ranuras que escapan al bloqueo de datos que mantiene en vilo a la prensa mundial. Más de 100.000 muertos se cuentan tras los efectos del ciclón. Los imperativos de ayuda internacional no son atendidos y, mucho más allá, encuentran fuerte resistencia por parte de la Junta Militar de Birmania, que puede haberse apropiado de varios cargamento de ayuda humanitaria destinada a los millones de habitantes damnificados.

La ONU, que ha solicitado recientemente 187 millones de dólares (120 millones de euros) a la comunidad internacional para proporcionar ayuda urgente, denuncia una negativa a dar visados a su personal -para colaborar con las tareas de emergencia-, sin precedentes. Según la Oficina de Coordinación de Ayuda Humanitaria de la ONU (OCHA) los productos más necesarios son alimentos, tiendas de plástico, material para purificar agua, recipientes de agua, equipos de cocina, telas mosquiteras y material médico de urgencia, ante las incipientes infecciones.

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Pero gran parte del material y del dinero destinados a tal efecto pueden no llegar nunca o, de hacerlo, toparse con serias dificultades para llegar a la zona del delta del Irrawady, epicentro del tifón

Se considera, según informes externos a la Junta, que uno de los principales problemas para distribuir la ayuda será el daño sufrido en las vías de comunicación de la zona de delta del río Irrawaddy, donde se halla la poblada ciudad de Rangún, capital oficial hasta 2005 (categoría ocupada actualmente por Naypyidaw). 

El plan de acción para abordar la creciente crisis a la que se enfrenta la población, que incluye una serie de acciones (como facilitar la concesión de visados, así como obtener permisos para el paso de la ayuda por la aduanas) se hace incompatible en la práctica gracias a la negligente e inmoral actitud de un gobierno que se niega a facilitar la masiva operación de ayuda y entorpece o niega el acceso a las zonas afectadas para el personal humanitario extranjero.

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La Junta militar birmana refiere en comunicados su “independencia” para reafirmar que está en condiciones de gestionar la ayuda según crea conveniente. Para los dictadores militares, la catástrofe no parece de suficiente escala como para dejar a un lado la politización corrupta de un país pleno de recursos naturales y de injusticia.

El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, enviará a Birmania con prontitud al máximo responsable de la organización para Asuntos Humanitarios, John Holmes, con el fin de que intente acelerar la distribución de ayuda a las víctimas del ciclón Nargis.

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Mientras esto ocurre, el “recto” funcionamiento de los órganos de control juega su papel, en normalidad haciendo prisioneros a cualquier opositor del régimen, y bajo catástrofe natural a la vista de la situación, contribuyendo a la muerte y el sufrimiento de personas cuyo azar ha dispuesto un forzado destierro.

Y un debate está ya encima de la mesa: ¿Sería legítimo invadir militarmente Myanmar, desde la ONU, con el propósito de hacer llegar la ayuda a la fuerza, aún sin permiso del Gobierno militar?

Inundaciones, poblados sumergidos en el agua, cadáveres flotando en lo que antes fueron carreteras, casas y árboles derrumbados, lloros y gritos en la oscuridad, vivos quemando a muertos y un silencio que habla por sí solo.

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Las efemérides (DRAE: 1. f. Acontecimiento notable que se recuerda en cualquier aniversario de él) son perfectas para repasar biografías y bio-hechos, y hacernos cargo del tiempo que dejamos lejos -como género, como raza, los humanos, hace equis unidades de tiempo-, explicar el presente y, en buena medida, intuir parte de lo que nos espera.

El saber ha de recurrir a su característica abierta, y la historia, concurrencia del pretérito humano, tiene la encomiosa misión de explicar qué ha ocurrido y por qué. En buena medida, entender lo que somos, y atisbar hacia dónde vamos -en un sentido histórico materialista- es tarea no fácil pero obligada.

Si hay personas que no necesitan presentación, también hay años que se introducen a sí mismos con sólo nombrarlos. La verdad conquistada reclama “hacer mundo”, hacer memoria y recuperar, para los que somos demasiado jóvenes como para haberlo vivido, páginas de nuestra reciente generación: la de nuestros padres.

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1968. Suficiente para una persona culta.

A la que no lo es y a la que siéndolo considera necesario un repaso, dedico estas líneas.

El año 68, vivido hace tan sólo cuarenta años, fue, a todas luces, significativo. Y lo fue para muchos miles de ciudadanos, que vivieron un año convulso en un siglo convulso. Dramático y apasionante, el contexto de nuestra efemérides se vio marcado por una auténtica explosión social, cultural y, por supuesto, política.

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Martin Luther King
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Las dos muertes violentas y famosas, a saber, el asesinato de Martin Luther King, líder afroamericano del movimiento negro, el 4 de abril, por un lado, y el de Robert Kennedy el 5 de junio, tras vencer en las primarias demócratas en California por otro, afectaron traumáticamente a la sociedad del momento. A esas dos muertes célebres se sumaron las no célebres pero sí horribles muertes en Vietnam. Estados Unidos había perdido a 15.000 soldados en ese conflicto y los soviéticos, encabezados por un iluso Dubcek, enviaron 4.600 tanques contra la Primavera de Praga.

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Robert F. Kennedy
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Mientras tanto, los chinos quemaron millones de libros en su particular Revolución Cultural y las revueltas estudiantiles de propagaron por el mundo. Por este orden, Varsovia, Berlín, París, Chicago y Méjico, donde varias decenas de jóvenes murieron poco antes de la inauguración -fíjense si no es cierto que el pasado explica parte del futuro- de los Juegos Olímpicos.

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Quizá sea esa la estampa más relacionada con el año 1968. Mayo del 68 es un acto histórico clave para entender el triunfo de una rebelión que con los años terminaría imponiéndose. El general Charles de Gaulle, presidente de la V República francesa, aseguró junto a su primer ministro, Georges Pompidou, un crecimiento económico centrado en el mercado agresivo.

Sin embargo, algo que casi nadie supo prever iba a ocurrir y a cambiar la historia contemporánea. Los jóvenes estallaron contra esa Francia del consumo. La noche del 22 al 23 de marzo se produjo el encendido de la mecha. Un grupo de estudiantes invadió la sala del Consejo de la Facultad de Letras de Nanterre, exigiendo mejoras en las condiciones de las aulas y el régimen de visitas a los dormitorios del sexo contrario.

De esas reclamaciones puntuales de pasó a pedir más participación en los programas educativos por parte del alumnado y, inspirados por las lecturas de Engels, Marx y sobre todo El final de la utopía de  Marcuse y animados por un joven alumno de origen alemán llamado Daniel Cohn-Bendit, la protesta terminó siendo una revolución violenta contra la autoridad y el capitalismo.

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Y así, mientras las voces de unos estudiantes idealistas entonaban el Yellow submarine de los Beatles o soñaban con otra realidad y se agarraban al escuchar el exitoso What a Wonderful World de Armstrong, el candidato republicano Richard Nixon abrió una era conservadora en la Casa Blanca al ser elegido presidente de EE.UU., el 5 de noviembre.

Se acercaba el fin de un año cuyas consecuencias sólo pudieron valorarse en profundidad pasado el tiempo, y que revelaron la existencia de los ideales por encima de la quietud, cuando una fuerte contracultura propició el suicidio de lo establecido.

El resorte dialéctico de la sociedad humana es la necesidad fundamental de comunicarse. La lengua, en todas sus formas, es sólo la expresión más común de este carácter esencial de nuestra naturaleza: el hombre es un amigo para el hombre”.

Lacroix

¿Es el hombre un amigo para el hombre, como decía Lacroix? Puede que a veces sí. Otras, desde luego, es lo más alejado hacia sus congéneres que pueda imaginarse.

La interacción mutua permite al ser humano alcanzar una vida en comunidad, estado en el cual la persona puede realizarse como tal, desarrollando sus plenas capacidades.

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Ya viva por interés (como pensaban Hobbes o Freud) o por necesidad (como creyeron Aristóteles o Fromm), rodeado de sus semejantes, el ser humano alberga un carácter social indiscutible. Y también innegable es la importancia enorme que hemos de conceder a la comunicación, siendo ésta el principal medio de relación con demás, y al que se supedita en buena medida el desarrollo afectivo de las personas.

La comunicación es, pues, un área fascinante de estudio que ha sido abordada con ambiciones interdisciplinarias, no en vano por su raigambre profunda y entremezclada. La psicología, la lingüística, la filosofía y la sociología son sólo algunos ejemplos de aproximación teórica y práctica al fenómeno comunicativo.

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Podemos relacionar comunicación con información rápidamente. De modo intuitivo, la comunicación nos señala dos o más objetos. Por lo menos uno que emite un mensaje y otro que lo recibe. ¿Han de ser palabras? ¿Acaso una señal de stop no es transmisión de información? ¿Diríamos que se trata de un proceso comunicativo?

Los lingüistas y los teóricos definen comunicación como la transmisión de un lugar a otro de una determinada información, y más concretamente, como el proceso de transmisión de informaciones de un emisor A a un receptor B a través de un medio C. Todos los elementos que intervienen en esta transmisión integran el sistema de comunicación. Por tanto, una señal de circulación sería integrante de un proceso comunicativo. ¿Qué le distingue de un diálogo?

Desde un punto de vista lingüístico la información ha de tener un carácter intencional y comunicativo. Habría, pues que diferenciar el indicio de la señal. El primero es un hecho que nos hace conocer algo a propósito de otro hecho no perceptible. La segunda es un indicio producido intencionadamente por el emisor para manifestar una intención al receptor.

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La manifestación intencional nos lleva de lleno al aspecto más humano de la comunicación: la comunicación verbal, cuya máxima expresión son las distintas lenguas constituidas por precisos códigos. Al dirigirnos a una persona, a través de un diálogo, alcanzamos la forma más auténtica de intercambio comunicativo, pues no sólo intercambiamos información, como en el caso de la señal, sino que expresamos emociones y actitudes.

Más que eso, el intercambio verbal contribuye de manera imprescindible a nuestro conocimiento del mundo que nos rodea y nos posibilita organizar el pensamiento, expresar sentimientos e ideas y, como último y recíproco objetivo, comprender a los demás. Al hacerlo, se confirma al otro y se confirma uno como ente social, como afirmaba el célebre filósofo Martin Buber:

En la sociedad humana, en todos sus niveles, las personas se confirman unas a otras de modo práctico, en mayor o menor medida, en sus cualidades y capacidades personales, y una sociedad puede considerarse humana en la medida en que sus miembros se confirman entre sí…

La base de la vida del hombre con el hombre es doble, y es una sola: el deseo de todo hombre de ser confirmado por los hombres como lo que es, e incluso como lo que puede llegar a ser y la capacidad innata del hombre para confirmar a sus semejantes de esta manera. El hecho de que tal capacidad esté tan inconmensurablemente descuidada constituye la verdadera debilidad y cuestionabilidad de la raza humana: la humanidad real sólo existe cuando esa capacidad se desarrolla”.

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[Publicado originalmente en el número III de Neurona, fanzine de cultura y pensamiento] 

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Cuando dos personas se conocen (directamente o a través de una tercera) lo primero que hacen, generalmente, es presentarse. Esa tercera persona, que conoce a las otras dos, sirve de vínculo introductorio, de apéndice al que amarrarse, de soporte y lanzadera que después dejará paso a la relación que surja entre esos dos entes, independientes de su presentador e independientes entre sí. Otras veces pasarán de largo sin conocerse, sin saber que existe algo que puede unirles en el futuro. O bien se juntan, sin previo aviso. El problema entonces llega cuando dos personas (o dos realidades no personales) chocan en contacto sin una preparación anterior. En tal caso, la predisposición individual, la naturaleza y el azar se combinan en función de distintos factores, sin garantizar un encuentro fructuoso.  

Esto ocurre con la filosofía. Los más jóvenes comienzan a moverse por los inescrutables senderos del pensamiento sin que nadie les haya presentado antes, sin tener idea de qué les une, sin conocer los motivos por los que esa conexión tiene su razón de ser. El resultado: ven en la filosofía una disciplina vacua, no práctica, sin sentido alguno, compleja e ininteligible. ¿Por qué? Porque nadie les hizo comprender todo lo que la filosofía puede llegar a servirles y ellos no supieron verlo por sí mismos. A quienes no son tan jóvenes, les ocurre algo parecido, con la diferencia de que ellos sienten que no necesitan presentaciones y sencillamente la relación no prometía, no era un buen partido. Eso, o quizá fuese un partido bonito para ser jugado en los ratos libres, en momentos de pretérito ocio idealista y juvenil, que pierde peso y relevancia cuando sucumbe ante la vorágine del día a día, la imposición de la vida material y su innegable poder aplastante.

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A pesar de ello, existen hombres y mujeres que no se resignan al abandono del estudio más exigente, y como lechuzas vuelan contracorriente en un placentero viaje solitario, parando de cuando en cuando para comer algo, hacer un nido y tomar contacto con la tierra. Para lo que buscan un trabajo, que, si tiene que ver con los altos vuelos a los que ya no pueden renunciar, servirá de tentempié contemporáneo y calmará el dolor que padecen al tener que soportar el acérrimo desinterés que su dedicación inspira en los demás.

La filosofía, madre del resto de saberes, es vista por tanto como una pesada carga que hay que aprobar, un curioso e improductivo pasatiempo en situaciones de esporádica calma o la dedicación de tres o cuatro locos que viven a un palmo del suelo y no terminan de darse cuenta de qué es en realidad la vida.

Y todo porque nadie les ha presentado como ambas partes se merecen o la persona en cuestión no ha tenido la capacidad o el valor de afrontar esa invitación que alguna vez sintió en su interior y que es para toda la vida. ¿Creéis en el amor a primera vista?

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Bien es sabido que las personas superdotadas intelectualmente se enfrentan en muchos casos a una serie de dificultades vitales que les afectan día a día y con más intensidad en los primeros años.

Tales problemas, con gran frecuencia subestimados, encuentran fundamento en las peculiares pautas del desarrollo mental superior y, sobre todo, en la adecuación -o falta de adecuación- entre esos procesos de crecimiento y otros factores, ya sean propios, externos o ambos.

La realidad es que el desarrollo de las diversas facultades humanas no se da al mismo tiempo. Las personas desarrollamos distintas áreas de nuestra personalidad en veces distintas. Como ejemplo podemos pensar en muchos de los cambios naturales que se producen durante el período de la adolescencia. Verbigracia, ser capaz fisiológicamente de mantener relaciones sexuales no significa estar preparado/a para ello en un plano psicológico.

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En el caso que nos toca, el de la persona superdotada, ocurre algo parecido y, si cabe, más delicado, pues se suma al resto. La edad mental del niño o niña no equivale a su edad cronológica. Mentalmente es capaz de pensar como correspondería a niños mayores que él, pero su entorno, afectos, etc., no le acompañan en igual grado.

Ese desfase, esa falta de sincronización (sin-cronos, en el mismo tiempo), es lo que se conoce como Síndrome de Disincronía, o disincronía (a tiempo distinto). Consiste en un desarrollo intelectual, afectivo, social, y también físico y motor irregular y no acompasado, que tiene consecuencias muy negativas para el niño o niña que presenta superdotación intelectual.

Este síndrome fue descrito por el psicólogo Jean-Charles Terrassier en el año 1994, quien lo definía así:

Desarrollo heterogéneo específico de los sujetos intelectualmente superdotados”.

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Terrassier

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Diplomado por el Instituto de Psicología de París-Sorbona y habiendo trabajado muchos años como orientador escolar, sostuvo la tesis de que los alumnos superdotados sufren la falta de paralelismo o adecuación entre distintas facetas de su progreso académico y personal y ello dificulta no sólo su expresión como sobre dotados sino un ritmo normal de aprendizaje.

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Tapa original del libro Los niños superdotados, del psicólogo francés, en que explica sus tesis.

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Estableció varios tipos de disincronías, que pueden agruparse en dos bloques: la disincronía externa (o social) y la interna.

En el primer caso, la social, incluye:

  1. Disincronía niño-escuela, que se produce porque el desarrollo mental del superdotado es mayor al del resto de la clase. Al verse obligado a seguir un ritmo de estudios inferior al que sus capacidades le permiten, obtendrá resultados mediocres o llegará a tener dificultades para adquirir disciplina y se frustrará con rapidez. Puede presentarse fracaso escolar.
  2. Disincronía niño-padres, patente cuando los padres no estimulan ni tratan adecuadamente la precocidad, el talento o la superdotación de los niños.

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En el segundo caso, la disincronía interna se refiere a:

  1. Disincronía entre inteligencia-psicomotricidad (dificultades para coordinar una gran agilidad mental con los torpes movimientos de las extremidades infantiles).
  2. Disincronía entre distintos sectores del desarrollo intelectual (como razonamiento-lenguaje, caso en el que al principio les cuesta expresar los pensamientos con verbo).
  3. Disincronía capacidad intelectual-afectividad. Este caso suele hacer sufrir en mayor medida a infantes y familiares. Consiste en una incapacidad para procesar tanta riqueza mental, en una dificultad a la hora de comprender las emociones, los propios temores y angustias, de forma madura.

 

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Como podemos ver, los problemas que suelen aparecer en niñas y niños superdotados, tienen que ver con estos desajustes o desfases entre áreas del crecimiento personal, y no con las capacidades en sí, como suele pensarse.

Sería pues la falta de integración propia y en el conjunto social el verdadero talón de Aquiles; lo que ocasionaría desequilibrios capaces de generar conductas de represión de la intelectualidad. El niño o la niña, llega a verse en la situación de tener que “disimular” su valía para formar parte, como un miembro más, del grupo, y así obtener la aceptación de sus iguales y familiares, y eliminar envidias o rencores.

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