En busca del trofeo

El pueblo entero sabe que ha tenido lugar una gran caza. Se ha derribado a una importante presa, buena pieza, cosa seria. No un animalillo común de poca monta, no un mediano roedor, alimaña o cría lactante de cualquier especie común. La tribu ha dado caza al gran oso, ese monstruo, perseguido desde siempre, del que comenzaban a rondar dudas sobre su existencia real; un mito cercano a los inveterados dioses-bestias de Malinalxochitl, que adoptaban formas imposibles y terroríficas para devorar el corazón de los humanos.

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La verdad y el poder en Foucault

Desde Platón, la problemática de la verdad ha sido analizada como un atributo del discurso, como el fruto de una justa conexión entre los signos lingüísticos y las esencias de los objetos. Toda la filosofía analítica sienta sus bases en esta idea de la verdad. Razón por la cual, a finales del s. XIX y a lo largo de todo el s. XX, la filosofía del lenguaje ha llegado a intoxicar todos los centros de la reflexión filosófica.

Pero tanto para Nietzsche como para Michel Foucault, la verdad no puede ser analizada como una relación (sea de correspondencia, como propone Descartes, o de coherencia, como propone, entre otros Davidson), como algo que resulta de la conexión entre las palabras y las cosas; como algo generado por y para la conciencia como mediadora entre el orbe lingüístico y el ontológico. Foucault deja de lado los estudios de la conciencia como generadora de conocimiento, concebida como una investigación de un sujeto trascendental, propia de las filosofías fenomenológicas y de los utópicos modelos marxistas. Para Foucault, la verdad, más que estar en relación al juego de los signos y de las significaciones, más que depender de los órdenes de las denotaciones externas del discurso que modifican las enunciaciones, tiene que ver con una política del enunciado.

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Michel Foucault (1926-1984)

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