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Nunca habíamos visto tantos cerdos en las portadas de los periódicos; puercos poblando los medios a lo ancho y largo del planeta. El sector porcino se ha visto perjudicado, a pesar de todo, contando con una muy bien organizada publicidad. La culpa es de la gripe del mismo nombre, que no necesita presentación. Salvo porque cambia de nombre con la misma facilidad con la que mutan sus agentes patógenos.

Hoy en día, como el nivel de alerta pasó a 5, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha decidido que no debe llamarse al virus de cualquier modo. Ni gripe porcina ni Mexicana. Según publica en su página Web, un pequeño cuadro deja las cosas claras: “la gripe se llama A (H1N1)”. Supongo que H1N1 es el apellido.

Tomamos nota. El pobre cerdo, del que todo se aprovecha, paga los platos rotos de una suposición improbada. Menudo chiste, incluso si la comida no supone ningún riesgo, para los propietarios de los guarros animales, que ven desangrada su economía al comienzo de la probable pandemia. Varios países han detenido las importaciones de cerdos de América. Y a la gripe, ni le van ni le vienen los cerdos.

Los egipcios, en su mayoría musulmanes, han dejado sin respiro a nuestros mamíferos preciados. El gobierno de Egipto ha decretado que todos los rebaños de cerdos deberían ser sacrificados lo antes posible. 350 000 cerdos van a padecer la ira del Altísimo. Los pocos ganaderos (cristianos) que se atreven a vender cerdos allí probablemente habrían deseado que la OMS inventase antes el nombre H1N1; aunque nadie sepa que quiere decir, aleja la maldad de algo tangible (y sabroso). 

Para algunos vecinos israelíes, el debate es además semántico. El animal, prohibido y proscrito, pasó a formar parte del nombre de la enfermedad. El Ministerio de Sanidad israelí, con Litzman en cabeza, ha pedido a los periodistas y expertos que hagan referencia a la enfermedad como “gripe mexicana” y no como “gripe porcina”, como se designaba en el resto del mundo. Yakov Litzman, presidente del partido Judaísmo Unido de la Torá, es judío ultra-ortodoxo, por lo que considera impura y no apta para el consumo la carne de cerdo. Mientras el diario Ha’aretz ve en esta historia “un síntoma de la enfermedad de la política en Israel”, los ciudadanos temen más por las toses que por los puercos y sus conflictos con el kosher (del hebreo כַּשְׁרוּת).

Gripe porcina suena inapropiado en Israel. Gripe Mexicana es un agravio para el país que nada de culpa tiene en que las cepas hayan crecido allí. En fin, visto lo visto, parece que lo mejor será ponerle un nombre neutro, límpido, desinfecto, que a nadie hiera ni ofenda; un nombre de enfermedad, que suene a tos o a flema –y no a animal impuro ni a hispanoamericano contagiado- como “A”. Y si les da asco, prueben con H1N1. Pero nómbrenlo con mascarilla. Por si acaso. 

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Un sitio dedicado a los manuscritos y borradores de la novela de Gustave Flaubert Madame Bovary ha sido dado de alta en Red, tal y como anunció el jueves el proyecto de los diseñadores en el Museo de Bellas Artes de Rouen (Seine-Maritime).

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Publicado en 1856 como una serie en la Revue de Paris, este libro es una novelas francesas más leídas del mundo. Por ello, la Biblioteca municipal de Rouen ha querido sacar partido a la fama de la obra, exhibiendo los manuscritos originales tanto a los “visitantes Web como a los especialistas “, dijo Danielle Girard. Este último se encarga de la numeración de los 4.500 folios totales (entre proyectos, notas y borradores). Cerca de 650 personas, todos voluntarios, que representan a 12 nacionalidades, han participado en la transcripción del texto original para su fácil lectura. Entre ellos, un ama de llaves, un operador de petróleo y los estudiantes de las clases de segundo de un instituto cercano.

Un ambicioso proyecto que abarcó diez años y cuyo coste asciende a 120.000 euros, concedidos por el Ministère de la Culture et de la Communication, del Consejo Regional de Haute-Normandie y de la Fondation Bettencourt-Schueller. El fascinante resultado permite disfrutar directamente del original a través de la página Web del proyecto, con una calidad enorme de imagen. Yo llevo varios días leyendo. Que lo disfuten.

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If you really want to hear about it, the first thing you’ll probably want to know is where I was born, and what my lousy childhood was like, and how my parents were occupied and all before the had me, and all that David Copperfield kind of crap, but I don’t feel like going into it…


¿Quién no ha leído este comienzo, esta novela, en sus ratos de puberal incongruencia con el mundo -real o inventada-, para reconciliarse con las hazañas de un joven mimado cualquiera, que deja de ser el inocente muchacho que fue?


Jerome David Salinger escribió esas ya famosas líneas. Con 90 años, es uno de los escritores más influyentes de Estados Unidos. Vive sumido en la reclusión que eligió desde el comienzo de su carrera, y sin publicar un trabajo desde hace cuatro décadas. “Me gusta escribir. Amo escribir”, dijo Salinger en 1974 en una de sus raras entrevistas con The New York Times. “Pero escribo sólo para mí mismo, y para mi placer”. Egoísmo literario el suyo. Y celo personal. Este desdén por la publicidad y la empecinada defensa de su vida privada, tan alejada del culto a la exhibición y la fama de la cultura actual, han rodeado a Salinger de un misterio que los medios han retratado en artículos ocasionales.

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TIME magazine cover featuring J. D. Salinger from September 15, 1961.

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Salinger tenía ya 32 años de edad cuando debutó en 1951 con The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno), la historia de un adolescente rebelde y sus experiencias quijotescas en Nueva York, que encumbró al escritor a lo más alto de la escena literaria. Su descripción de la alienación del protagonista, Holden Caufield -todo un arquetipo posmoderno del joven caprichoso e insensato-, y la pérdida de inocencia de los adolescentes y su paso a la vida adulta, ha probado su perdurabilidad: aun ahora se venden cada año unos 250.000 ejemplares. La primera edición de la novela, que fue controvertida por la libertad con la que describía la sexualidad y la rebeldía adolescente, puede encontrarse en eBay a precios que superan los 1.300 dólares. Se llegó a considerar libro maldito, al ser era la obra de referencia de muchos asesinos, entre ellos el que acabó con John Lennon.

Salinger no ha publicado otro trabajo literario con su firma desde la novela Hapworth 16, 1924, que apareció en The New Yorker en junio de 1965. Y no ha concedido entrevistas desde 1980. El autor, hijo de un judío próspero importador de quesos kosher y de una escocesa-irlandesa convertida al judaísmo, creció en un apartamento de Park Avenue, en Manhattan, estudió durante tres años en la Academia Militar de Valley Forge y en 1939, poco antes de que lo enviara el Ejército a la guerra, tomó una clase sobre cuentos cortos en la Universidad de Columbia. Como soldado de infantería, Salinger participó en el desembarco aliado en Normandía en 1944 y durante sus primeros meses en Europa se las arregló para escribir cuentos. De sus mayores, Salinger consideraba a Ernest Hemingway, a quien conoció en París, y a John Steinbeck como escritores de segunda categoría, pero expresó su admiración por Herman Melville.

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Portada original, 1951

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En 1945, Salinger se casó con una médico francesa de nombre Sylvia, de la cual se divorció. En 1955 se casó con Claire Douglas, unión que concluyó también en divorcio en 1967, cuando se acentuó la reclusión del escritor en su mundo privado y su interés en el budismo zen. Las primeras historias cortas de Salinger se publicaron en revistas como Story, Saturday Evening Post, Esquire y New Yorker en la década de 1940, y la primera novela, The Catcher in the Rye, se convirtió de inmediato en la selección del Club del Libro del Mes y le atrajo enorme elogio internacional. La fama envió a Salinger a la evasión de la atención pública, su renuencia a las entrevistas y su rechazo del escrutinio de su vida privada que se han mantenido hasta ahora. En 1953 publicó una colección de cuentos cortos, Nine Stories; en 1961 otra novela, Franny and Zooey, y en 1963 una colección de novelas cortas, Raise High the Roof Bean, Carpenters and Seymour: An introduction.

Durante la década de 1980, el escritor eremita estuvo envuelto en una prolongada batalla legal con el escritor Ian Hamilton quien, para la publicación de una biografía, usó abundante material epistolar de Salinger. Una década después, la atención mediática que tanto rehuía volvió a posarse en el autor, debido a la publicación de dos libros de memorias escritas por dos personas allegadas a él: su ex amante Joyce Maynard y su hija Margaret Salinger.

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Va llegando la afortunada hora de replantearse el instrumental militar que se utiliza en los conflictos bélicos. Si hace diez años se firmó la Convención sobre la Prohibición del Empleo, Almacenamiento, Producción y Transferencia de Minas Antipersonales y sobre su Destrucción (1 de marzo de 1999), consiguiéndose un descenso en la producción de minas y la cantidad de víctimas causadas por ellas, el pasado 3 y 4 de diciembre de 2008 tuvo lugar la Convención sobre las Bombas de Racimo, firmada en Oslo, que prohíbe la fabricación, almacenamiento, venta y uso de este armamento.

 

Sobre las bombas de racimo

Las bombas de racimo, en sus distintos modelos, son un tipo de proyectil que persigue un claro fin: el mayor daño posible en territorio enemigo de difícil acceso. La ventaja militar es que permite prescindir de tropas de tierra. No obstante, la realidad de su resultado tiene una siniestra cara. La causa por la que su uso se considera -con razón- despiadado, es que afecta gravemente -mutilando y matando- a un blanco poco ofensivo: la población civil, que sufrirá las consecuencias del ataque durante mucho tiempo después de la finalización del conflicto.

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Cada bomba de racimo (o “clúster”) se compone de un artefacto o contenedor que puede ser lanzado desde tierra, aire o mar y que libera, durante su trayectoria, varias decenas o centenares de municiones pequeñas (del tamaño de latas de refresco) en un radio extenso. En teoría los artefactos debieran estallar al impactar contra el suelo. En la práctica no lo hacen en buena parte. Aproximadamente un 30% de las pequeñas bombas no detona en el acto, germinando un peligro latente, que ha causado decenas de miles de muertos.

Más allá de las muertes directas que se producen durante el enfrentamiento militar y años siguientes (todavía mueren en Laos, 30 años después de la guerra, dos personas al mes a causa de submuniciones sin explotar en su día) las bombas de racimo producen una debacle socioeconómico de las poblaciones que habitan las zonas bombardeadas, al verse impedido un desarrollo de infraestructuras (como carreteras, granjas, accesos a hospitales y escuelas), lo que genera daños de difícil arreglo.

Conflictos recientes como Kosovo (1999), Afganistán (2001), Irak (2003) y Líbano (2006), han servido de escenario para la utilización del armamento. Sin embargo, las cosas pueden ser distintas de ahora en adelante.

 

¿Qué ha cambiado?

A partir de la citada Convención de Oslo (cuyo proceso comenzó en febrero de 2007), estados miembro de la OTAN como Reino Unido, Francia, Alemania o España, y gran parte de los países de Hispanoamérica se comprometen a paralizar la producción de inmediato y a destruir las bombas existentes en un plazo máximo de 12 años. La Convención, ya ratificada, fue aprobada el pasado 30 de mayo en la Conferencia Diplomática de Dublín.

Sosteniendo que la decisión es fundamental y positiva, un punto negro acecha: no está apoyado por los principales fabricantes y consumidores de estas bombas, como son Estados Unidos, Rusia, China, Israel, India y Pakistán.

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¿Cuál ha sido la postura de España al respecto?

España, productor de bombas de este tipo hasta hace unos meses, se suma a la Convención, señalando que la fabricación se detiene de inmediato y que las municiones existentes serán destruidas. Carme Chacón, ministra de Defensa, ha propagado a los cuatro vientos un mensaje, más propagandístico que sereno, de apresurada acción.

Chacón anunció el 2 de diciembre, en una visita a la empresa Fabricaciones Extremeñas (FAEX, empresa encargada de llevar a cabo la eliminación de los explosivos) en El Gordo (Cáceres), que España habrá “desmilitarizado su arsenal de bombas de racimo dentro de siete meses”. Pero no fue así desde un principio, como afirma la portavoz de Defensa del Partido Popular, Beatriz Rodríguez-Salmones:

nos sorprendió oír decir a la ministra que iba a ser pionera, cuando España había presentando una enmienda para seguir fabricando. No se puede pasar de ser país enmendante a país pionero.

Según la ministra, en junio de 2009 “sólo quedarán en nuestros arsenales aquellas bombas estrictamente necesarias para que nuestros zapadores e ingenieros aprendan a desactivarlas”. Así, España se anticipa a los plazos formales establecidos en el Tratado, lo que supondrá un gasto estimado de 5 millones de euros.

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La empresa FAEX, según fuentes oficiales, destruirá “más de 5.500 municiones de racimo, de las que unas 4.600 son granadas de mortero de fabricación española, 600 son bombas de racimo estadounidenses y las 400 restantes son bombas antipistas elaboradas también en España.”

 

El futuro

Quedan ahora muchas dudas en el aire. ¿Tendrá la ministra Chacón tiempo y dinero para cumplir su propósito? ¿Será efectivo el Tratado, dado que las mayores potencias militares no lo han firmado? ¿Será posible controlar que los países involucrados no sigan fabricando armas de este tipo?

Habrá que esperar un tiempo para comprobar hasta dónde llega el interés realmente existente en poner freno a la utilización de un armamento que no discrimina entre blancos civiles y militares y cuya fabricación y perfeccionamiento han sido generosamente financiados y rentabilizados tanto por gobiernos como por la industria privada.

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[Artículo de opinión publicado en Diario de Navarra, el 3 de julio de 2008]

El presente texto es una critica del artículo ¿Apertura o estrechez de la razón?, de Juan Ignacio Ruiz Aldaz (prof. de teología de la Universidad de Navarra), publicado el 23 de junio de 2008.

Planteo aquí una brevísima crítica sobre el artículo de Juan Ignacio Ruiz Aldaz, titulado ¿Apertura o estrechez de la razón?, que Diario de Navarra publicó el lunes 23 de junio.

A mi juicio, el profesor comete deliberados despistes retóricos, con fines seguramente persuasivos, construyendo un texto que oscurece más que aclarar. El conflicto entre ciencias y fe es bien antiguo. Correctamente entendidas, a ambas les corresponden campos diferentes del saber humano –hasta aquí de acuerdo-, si bien, dado el estado actual de las primeras, el problema sólo puede resolverse mediante una demarcación de “jurisdicciones” o áreas en las que cada una sea soberana, dejando de lado los vanos intentos de conciliación que ofrecen como único resultado la humillación de las ciencias y la insatisfacción de la fe.

Según el autor, el materialismo es una “mala filosofía que consiste en extrapolar los datos de una ciencia a toda la realidad”.
Además de reducir erróneamente las corrientes materialistas a sus distintos formalismos (corporeísmos, etc.), el profesor se mueve en una corriente metafísica de extremos -coherente no obstante dentro de su esquema-, pretendiendo que existan la Verdad, la Sabiduría o el Amor en abstracto, más allá de sus determinaciones positivas y particulares. Si aludimos a la posición nominalista de género de Occam, habremos de reconocer que los universales abstractos son pura metafísica, pues sólo pueden manifestarse, y no desde luego por convención, en los objetos corpóreos. Será mala precisamente una filosofía que apela a la razón en abstracto, abordando los problemas del conocimiento desde una postura acrítica y dogmática.

Tal proceder, lleva al autor a concluir el artículo con una frívola alternativa: “O existencia de Dios o renuncia a la racionalidad”. Supongo que sólo desde esa indefinida y confusa “racionalidad amplia” a la que hace referencia el profesor de la Universidad de Navarra puede admitirse una proposición que, lejos de significar una apertura de la razón, adolece de fallos graves de lógica, evidenciando todo el sistema de principios en que se basa.

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La comprensión del azar ha desafiado al intelecto humano desde el inicio de la indagadación filosófica. Ya en la antigüedad griega hay antecedentes sobre la aparición de una escuela llamada “probabilista”. Se trata de un momento del desarrollo de la Academia, dirigida en el siglo II A.C. por un sucesor de Platón, su discípulo Carneades. Carneades buscaba un criterio para decidir sobre opiniones inciertas. Es decir, él distinguía el valor objetivo de la opinión (todas las opiniones son inciertas), del valor subjetivo de la misma que mide la seguridad del sujeto acerca de su veracidad. Se trata de una de las primeras apariciones de la probabilidad como una medida de la veracidad de opiniones o grado de credibilidad que varía entre la ignorancia y el saber, sus valores extremos.

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Durante largo tiempo, el azar ha recorrido un difícil camino de formalización, cuyas expresiones más avanzadas se encuentran en las teorías de probabilidades nacidas en el siglo veinte. La comprensión cabal de sus leyes requiere una mirada sintética del conjunto de las ciencias y es, en consecuencia, una tarea filosófica. Una de dichas leyes, descubierta en una primera versión por Boltzman, físico austriaco, en el siglo diecinueve, desvela la relación del azar con la complejidad. Relación fundacional, donde se entrelazan los conceptos de tiempo, evolución, interdependencia e interacción, en un tejido dialéctico inherente a su movimiento.

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Ludwig Boltzmann

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Boltzmann ha pasado a la historia como uno de los grandes defensores del átomo, concepción básica que le permitió desarrollar la Teoría Cinético Molecular de la materia, que dio cuenta de las interrogantes que los fenómenos termodinámicos habían planteado a la física del siglo XIX. En sus trabajos, la complejidad aparece asociada a términos como equilibrio y caos, orden y desorden, y a las formas de medir la complejidad, la llamada entropía. Inspirándose en Boltzmann, en la época en que éste moría, Einstein defendería también la existencia del átomo en 1905, explicando al pasar el fenómeno conocido como Movimiento Browniano. La incidencia de las ideas de Boltzmann sobrepasa la física, por ejemplo Louis Bachelier presentó en la Universidad de París en 1900 su tesis de doctorado titulada Théorie de la spéculation, trabajo considerado el origen de las finanzas modernas, fuertemente inscrito en la visión cinético molecular de la realidad. Intervino también Boltzmann en filosofía, asumiendo una posición materialista, en abierta contradicción con Ernst Mach, a quien sucedió como jefe de la Cátedra de Filosofía en la Universidad de Viena. Parte importante de su trabajo en esta área se encuentra consignada en la obra Populare Schriften.

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Parecía obvio que si el azar encierra complejidad, los fenómenos biológicos esconderán sin duda múltiples medidas de su complejidad o entropías. En la medida en que tendemos a buscar representaciones cada vez más complejas de los estados, la entropía local aumenta al tender al equilibrio. Dicho de otro modo, el equilibrio (o estabilidad) es el orden reencontrado a partir del desorden. Nace así una etapa para el avance del conocimiento científico, con un objeto a perseguir: comprender el momento en que comienza el tránsito del orden al desorden. El estudio de la estabilidad e inestabilidad de dichos sistemas se inscribe como un desafío actual para biólogos, matemáticos, físicos y filósofos.

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Según el Servicio de Información Secreta del Estado francés habría más de 380 grupos sectarios en el país, los cuales, forzados por el desprestigio, han adoptado nuevos métodos tanto para sortear las leyes como para ganar adeptos, según informaba recientemente la web francesa de divulgación histórica Histoire, a través de un artículo que para dicho medio ha escrito Victor Battagion y cuya traducción nos brinda la RIES (Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas).|

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Mientras que en los años 90 las sectas saltaron a la crónica periodística con atentados como el del metro de Tokio por parte de Aum Shinrikyo, o el suicidio colectivo de los miembros de la Orden del Templo Solar -ambos en 1995-, este comienzo de siglo parece, y sólo parece, más calmado. Tal vez se deba a que desde los atentados de 2001 Al Qaeda monopoliza la atención de los medios. Lo cierto es que la sanción de la ley About-Picard por parte de la Asamblea Nacional contra las desviaciones sectarias (resultado de numerosas investigaciones parlamentarias) en junio de 2001, marca un auténtico giro, a pesar de que sus detractores alegan ofensa a la libertad individual.

Al instaurar el delito de “abuso del estado de ignorancia o debilidad” (en definitiva, de manipulación mental), la ley permite a los tribunales condenar a 3 años de prisión y una multa 2,5 millones de euros, a todo grupo o individuo que incita a una persona vulnerable “a una acción o abstención que le resulten gravemente perjudicial”. Francia encontró así los medios para combatir los movimientos sectarios, a pesar de una grieta en su sistema de defensa como es la confusa definición de la palabra secta (que no se nombra en los textos legislativos): “una agrupación cuyas actividades tienen por finalidad o por efecto crear, mantener o explotar la dependencia psicológica o física de personas, por medio de presiones graves o reiteradas, o por técnicas destinadas a alterar su juicio, a fin de conducirlas a una acción o abstención que les son gravemente perjudiciales”. Esta fisura complica la tarea el poder público cuando intenta un proceso, y tampoco soluciona el problema del consentimiento de la víctima, ademán de dejar de lado el siempre arisco propósito de definir la frontera entre secta y religión.

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Acomodándose a los nuevos tiempos, las sectas han cambiado el modus operandi encontrando así nuevas formas de enrolamiento, sin que ello implique cambiar el blanco de sus actividades. Esta adaptación perniciosa es palpable, ante todo, en el campo médicosocial. Según el informe 2005 de la Comisión Interministerial de vigilancia y lucha contra los desvíos sectarios (MIVILUDES, por su sigla en francés), debido al contexto social particularmente difícil y al sueño de la eterna juventud fogoneada por los medios, el entusiasmo actual por las medicinas paralelas es una ganga para los gurúes. Hoy el enfermo ya no se contenta con una visita a su clínico o a un especialista sino que, impulsado por la búsqueda del vivir mejor, va a probar otras prácticas menos cartesianas: cristaloterapia, iridología, chamanismo (con ingesta de alucinógenos), reiki (práctica japonesa), cuerpos sutiles, bio-psicogenealogía, kinesiología, etc.

En 2005, los servicios policiales habían censado más de 200 métodos de la mal llamada “medicina suave”, frente a los ochenta que se contaban hace cuatro años. Sacando provecho de este mercado floreciente, las sectas no dudan en explotar la angustia del paciente dispuesto a creer cualquier cosa para sanar. Entre las prácticas pseudomédicas más disparatadas se recuerda el tratamiento contra el cáncer por la autocuración pregonada por el doctor Ryke Geerd Hamer, o la curación de enfermedades graves por medio de masajes preconizados por la secta IVI (Invitación a la Vida Intensa), o incluso el caso extremo del “respiracionismo” según el cual uno puede alimentarse sólo de aire y luz. Dejo a juicio del lector las conclusiones.

En sus informes anuales, tanto la MIVILUDES como las comisiones de investigación parlamentarias denuncian cada vez más, desde 2005, la acción de las sectas sobre los niños. En el del 19 de diciembre pasado se presentó una comprobación alarmante respecto a la “falta de vigilancia del poder público, pese a que un cuarto de los actuales miembros de las sectas han sido adoctrinados desde la infancia”. Sea que hayan sido enrolados por sus padres, miembros también ellos de una organización sectaria, sea que hayan sido reclutados a través de organizaciones con el pretexto de algún curso, los más jóvenes son un blanco fácil para las sectas. Se estima entre 60.000 y 80.000 (gran parte de ellos perteneciente a los testigos de Jehová), el número de niños alcanzados por las sectas en Francia. Una cifra difícil de precisar si se tiene en cuenta que los miembros de las comunidades no siempre inscriben a los recién nacidos en el registro civil, que los niños no van a la escuela, ni participan en las actividades culturales o asociativas. Sin embargo no escatiman ningún medio para adoctrinarlos, aunque bajo distintas pantallas, como asociaciones filantrópicas, apoyo escolar, cursos por correspondencia, etc.

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“Los movimientos sectarios no tienen ya necesidad de partidarios para conseguir dinero”, declara Catherine Picard, presidenta de la Unión nacional de asociaciones de defensa de las familias y del individuo (UNADFI, en francés). Esta conclusión es absolutamente cierta, pues el dinero está en todas partes: medicinas suaves, terapias y formación. Sin embargo, la importancia de estas contribuciones sigue siendo menor en comparación a las donaciones de los discípulos. Según el informe de la comisión de la Asamblea Nacional Las sectas y el dinero (1999), “las autoridades nacionales de los testigos de Jehová declararon haber obtenido en el ejercicio 1997-1998 un total de 85,6 millones de francos en donaciones”. Con imperios financieros de ramificaciones internacionales, sectas como la Iglesia de la Cienciología o Moon invierten en todas partes y libran batallas contra el fisco para consolidar su fortuna.

 


[Artículo de opinión publicado en Diario de Noticias, el 27 de diciembre de 2005]

A veces siento miedo del género humano. Una de esas veces fue el otro día, cuando leí en prensa la noticia de que tres jóvenes habían acabado con la vida de una indigente que pernoctaba en un cajero automático de la barcelonesa calle Guillermo Tell. María Rosario, se llamaba. Tenía cincuenta años. Y su error fue encontrarse en ese lugar, al refugio del frío que las últimas madrugadas helaba el aliento a cualquiera. Cinco grados de temperatura y tres corazones inertes, más que congelados, salían de fiesta.

El reloj marcaba la una y los sádicos verdugos entraron en acción. Golpes e insultos fueron los componentes de su peculiar carta de bienvenida. La mujer, maltrecha, logró cerrar la puerta por dentro, aprovechando que los chicos -dos de dieciocho años y un tercero de dieciséis- decidieron retirarse después de protagonizar el emocionante episodio. Pero la tortura de María Rosario, una “sintecho”, una persona al fin y al cabo, carente de hogar y de cariño, no había sino dado comienzo. Por lo visto existían mejores planes para esa noche.

No bastaba dejarlo en un “susto”. Conque tres horas después, culminaron el crimen empapando el ropaje de la víctima con disolvente químico altamente inflamable. El menor de edad del grupo llamó a la puerta del cajero, simulando que necesitaba utilizar el dispensador electrónico de dinero. Su “objetivo” estaba despistado y no reconoció al chaval como uno de los despiadados agresores. El resto, es fácilmente deducible. Los vecinos alertaron a los servicios de urgencia al ver las llamas humeantes. María Rosario murió seis horas más tarde a causa de los golpes y las graves quemaduras. Como único testigo, la filmación de seguridad que delataría a los cobardes homicidas.

No puedo siquiera abarcar, con mi humano entendimiento, qué clase de razones pueden conducir a alguien a cometer un acto tan cruel que cuesta creerlo; se me antoja irrisorio dar con la lógica que se esconde tras el cerebro de quien consuma semejante atrocidad. Desconozco de qué hay que estar hecho para quemar viva a una persona. Y el terror más gélido invade todo mi ser cuando leo la declaración del intendente de los Mossos d’Esquadra, quien, en una investigación inicial del caso, apunta a que los jóvenes cometieron el asesinato “quizá con el único ánimo de divertirse”.|

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